
Columna de opinión por: Fredy Serrano
En cada jornada electoral, millones de ciudadanos acuden a las urnas convencidos de ejercer un acto racional. Sin embargo, la realidad es más compleja: votar es, en gran medida, una decisión atravesada por emociones.
Miedo, orgullo, enojo o ilusión. Estos sentimientos influyen silenciosamente en la forma en que los electores perciben a los candidatos, evalúan riesgos y depositan su confianza. En muchos casos, el análisis profundo de programas y propuestas queda relegado frente a respuestas intuitivas que simplifican la decisión.
El votante promedio no dispone del tiempo ni de la información suficiente para procesar a fondo cada alternativa. Ante el exceso de datos y la inmediatez del entorno, el cerebro recurre a atajos: asociaciones rápidas, percepciones previas y creencias ya formadas. Es ahí donde el sesgo se consolida y donde, muchas veces, se elige más por afinidad emocional que por criterio técnico.
Las consecuencias de estas decisiones no tardan en aparecer. Problemas estructurales como el aumento del costo de vida, la inseguridad, las fallas en los sistemas de salud y educación, o los constantes escándalos de corrupción, suelen convertirse en motivo de frustración colectiva. Aun así, esa memoria crítica no siempre se traduce en un voto consciente.
La emoción, otra vez, se impone.
Por un lado, la rabia puede convertirse en motor de castigo político, impulsando a los ciudadanos a rechazar a quienes están en el poder. Por otro, el amor, la gratitud o el sentido de pertenencia fortalecen la lealtad hacia líderes, movimientos o proyectos que representan esperanza.
En esa tensión permanente —entre el rechazo y la adhesión— se define buena parte del resultado electoral. La rabia enciende la chispa, pero es el entusiasmo el que mantiene viva la llama.
En democracia, resulta más fácil movilizar el descontento que construir confianza. Por eso, no siempre gana quien propone más, sino quien logra concentrar el llamado “anti-voto”. Sin embargo, cuando esa energía no logra consolidarse en un proyecto sólido, el resultado puede ser efímero: una victoria basada en el rechazo, pero sin capacidad real de transformación.
El reto, entonces, no es eliminar la emoción —algo imposible—, sino equilibrarla con información, memoria y responsabilidad. Porque votar no solo es un derecho: es también una decisión que define el rumbo colectivo.
Y en ese momento, más que nunca, la pregunta debería ser menos emocional y más consciente: ¿estamos eligiendo por lo que sentimos… o por lo que realmente necesitamos?